REFRENANDO LA LENGUA MENTIROSA
SANTIAGO 3:1-9
1 Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación. 2 Porque todos ofendemos muchas veces. Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo. 3 He aquí nosotros ponemos freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, y dirigimos así todo su cuerpo. 4 Mirad también las naves; aunque tan grandes, y llevadas de impetuosos vientos, son gobernadas con un muy pequeño timón por donde el que las gobierna quiere. 5 Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego! 6 Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno. 7 Porque toda naturaleza de bestias, y de aves, y de serpientes, y de seres del mar, se doma y ha sido domada por la naturaleza humana; 8 pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal. 9 Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios.
Se nos enseña a temer una lengua desenfrenada, como uno de los males más grandes. Los asuntos de la humanidad son arrojados a la confusión por la lengua de los hombres. Cada edad del mundo, y cada condición de vida, privada o pública, da ejemplos de esto. El infierno tiene que ver con el fomento del fuego de la lengua más de lo que piensan generalmente los hombres; cada vez que la lengua de los hombres son empleadas de manera pecaminosa, están encendidas con fuego del infierno. Nadie puede domar la lengua sin la asistencia y la gracia de Dios. El apóstol no presenta esto como un imposible, sino como extremadamente difícil. Otros pecados decaen con el tiempo, este empeora muchas veces; nos vamos poniendo más perversos y afanosos a medida que se deteriora la fuerza natural y llegan los días en que no tenemos placer. Cuando se doman y someten otros pecados por las enfermedades de la edad, el espíritu se vuelve, a menudo, más cortante, la naturaleza es arrastrada a las heces y las palabras usadas se vuelven más apasionadas.
La lengua del hombre se refuta a sí misma, porque en un momento pretende adorar las perfecciones de Dios y referir a Él todas las cosas, y en otro momento, condena aun a los hombres buenos si no usan las mismas palabras y expresiones. La religión verdadera no admite contradicciones: ¡cuántos pecados se evitarían si los hombres fueran siempre coherentes! El lenguaje piadoso y edificante es el producto genuino de un corazón santificado; y nadie que entienda el cristianismo espera oír maldiciones, mentiras, jactancias e improperios de la boca del creyente más de lo que espera que un árbol produzca el fruto de otro. Pero los hechos prueban que son más los profesantes que logran frenar sus sentidos y apetitos que refrenar debidamente sus lenguas. Entonces, dependiendo de la gracia divina, cuidémonos de bendecir y no maldecir; y apuntemos a ser coherentes en nuestras palabras y acciones.
¡Que Dios te bendiga!

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